domingo, 21 de agosto de 2016

La historia de una amistad...

Federico García Lorca y Manuel de Falla: La historia de una amistad.
https://es.wikipedia.org/wiki/Federico_Garc%C3%ADa_Lorca





















Al amanecer le vieron desfilar entre fusiles (IV)
El primer propietario del libro fue Manuel de Falla, quien había conocido a Federico en Granada, y pese a la diferencia de edad entablaron una amistad cimentada sobre las inquietudes compartidas. Federico amaba la música tanto como a Manuel le fascinaba la escritura. El poeta se plantó en casa de Manuel de Falla nada más llegar para darle la bienvenida, le presentó su grupo de amigos de la tertulia del Rinconcillo y se convirtió en su alumno preferido de piano. 
El empuje de García Lorca, su imaginación y su inagotable fantasía inspiraron a Falla, y al contrario la poesía de Federico quedó impregnada de la música de Falla. El músico fijó su residencia en el Carmen de la Antequeruela donde recibió frecuentes visitas del poeta. Ambos encontraron un fuerte punto en común en la pasión por el cante jondo en tanto que era la expresión más auténtica de la canción popular andaluza. 
Organizaron en 1922 el primer concurso de cante jondo en Granada que tuvo un éxito sorprendente. García Lorca compuso su poemario sobre el cante jondo un año antes en 1921, aunque no lo publicaría hasta diez años después. Los borradores de este poema fueron supervisados por Falla quien vio en Federico un potencial arrollador. Nada más publicar el libro Federico se acercó a la casa de Falla y se lo entregó con esa sonrisa alunada de niño grande. Maestro el primer ejemplar quiero que lo conserve usted, le dijo como si le brindara un trofeo, antes de que se fundieran en un abrazo. 
Manuel de Falla era un hombre muy austero y a pesar de que algunos malintencionados han desvirtuado esta amistad, lo cierto es que fue una relación de mutuo respeto y admiración. Para Falla Federico era el hijo que no tuvo, se preocupó por él hasta el final; animó a García Lorca en su carrera literaria y le apoyó para que marchara a Madrid a la Residencia de Estudiantes.
 Fue entonces cuando se cuajó en torno a Federico esa generación irrepetible de poetas que se conoció con el nombre de la generación del 27, si bien el nexo de conexión que los aglutinaba era sin duda el espíritu emprendedor de Federico. Se tenían mucho aprecio, aunque Falla era muy conservador y le disgustaba mucho algunas amistades y sobre todo las excentricidades de Federico. 
Falla hizo un intento desesperado por salvar la vida de su amigo. Cuando los más lúgubres presagios llegaban sobre el paradero de Federico, Falla se personó en el gobierno civil de Granada implorando una audiencia con el gobernador Valdés. Lo zarandearon y echaron sin el más mínimo escrúpulo y lo atajaron con la amenaza de que podría correr la misma suerte. También fueron inútiles las gestiones de su amigo Luis Rosales que en vano removió todas sus influencias para rescatarlo. No hubo clemencia ni siquiera atisbo de alguna defensa. Se le acusó sin pruebas de masón, de rojo y de pervertido.

Federico había tomado la peor de las alternativas posibles; estando en Madrid en julio de 1936, ante el cariz que van tomando los acontecimientos, adopta una decisión más emocional que inspirada en la razón. El poeta elige irse con los suyos, con su familia a Granada, a la casa familiar de la huerta de San Vicente, donde ajenos a la tragedia que se avecinaba celebran la onomástica del padre y del hijo el día 18 de julio. Sin saberlo se había metido en la boca del lobo. Sobreviene el alzamiento de las tropas de África y la ciudad de Granada inmediatamente se suma a la rebelión. 
Después los acontecimientos se precipitan. Es detenido en su despacho de la alcadía su cuñado Manuel Montesinos, por una tropa de facinerosos compuesta de civiles armados que se lo llevan en volandas. De nuevo Federico toma otra decisión equivocada y en vez de huir a zona republicana o refugiarse en casa de Falla, donde tenía además la posibilidad de pedir asilo en el cercano consulado inglés, escoge quedarse en la casa de su íntimo amigo, el joven poeta Luis Rosales, falangista reconocido, esperando estar a cubierto de cualquier desmán y persuadido que sólo lo hacía por precaución. Estaba convencido que no había hecho nada, no militaba en ningún partido político y por tanto no tenía nada que temer. Pero de nuevo el destino parece que le tenía reservada la peor de las suertes. La casa de los Rosales de la calle Angulo es asaltada la tarde del 16 de agosto por un escuadrón de falangistas. Al frente de estos desalmados estaba un cedista, Ruíz Alonso, un fanático que ardía en deseos de desprestigiar a la familia Rosales y de paso dar un golpe de efecto que le encumbrara deteniendo a García Lorca. El gobernador Valdés se enrocó en su posición y se enfrentó con los hermanos Rosales que exigían la liberación inmediata del poeta. El 16 de agosto Federico es sacado del gobierno civil y conducido a un lugar entre la carretera de Viznar y Alfacar. Tras dos días de tortura la madrugada del 18 de agosto a las cuatro de la mañana lo llevan a una zanja donde primero lo golpean en la cabeza con la culata de un fúsil, lo insultan y vejan, y después lo acribillan. Junto a él mueren asesinados el maestro de escuela Galindo y los banderilleros Galadí y Arcollas. Ochenta años después aún se desconocen el lugar exacto donde se encuentran los restos de estos cuatro represaliados.

Todos los crímenes tienen en común el horror que producen y el dolor desgarrador de las víctimas, pero cada asesinato tiene su particular sensación de repudio y hartazgo. Y es que las muertes que se ocasionaron con motivo de la guerra civil española, en cualquiera de sus bandos, fueron innecesarias y también inútiles; pero algunas muertes como la de Federico fueron además especialmente crueles, ni siquiera fue un acto de guerra, un bombardeo o una bala perdida en un enfrentamiento armado sino el asesinato premeditado de un inocente perpetrado por aquellos que envidiaban la notoriedad del poeta, incluido algunos parientes, y alentado por los intolerantes que lo despreciaban por su homosexualidad. A todos conmocionó la muerte del poeta, hasta el mismo general Queipo de Llano que al enterarse de la noticia propinó indignado un golpe en la mesa. Pero con seguridad unos de los más afectados, además de su familia, fue Manuel de Falla, quien no pudo perdonar nunca al régimen franquista el asesinato de su amigo. A pesar de sus ideas conservadoras y sus firmes creencias religiosas Manuel de Falla al terminar la guerra se exilió a Argentina.

De esta forma tan lamentable se malogró a uno de nuestros mejores poetas a la temprana edad de treinta y ocho años. Nos perdimos todo lo que le quedó por escribir, su madurez y el fulgor de su estrella. Eso sí mataron al poeta, pero no pudieron acabar con su poesía. Como decía Machado al amanecer se le vio caminar entre fusiles. Federico se fue con sangre en la frente y plomo en las entrañas, pero nos dejó la lúcida música callada de sus versos.
José María Sánchez-Ros

Otro articulo que viene a ampliar la información que se cita sobre tal desenlace trágico...

http://www.publico.es/culturas/captores-asesinos-garcia-lorca.html

https://www.facebook.com/elpais/videos/10153759055721570/

Otras entradas dedicadas a esta fantástica persona en este blog:

http://www.reflexionesinstantaneasbymax.com/2013/10/medio-pan-y-un-libro-magnifico-y.html

http://www.reflexionesinstantaneasbymax.com/2013/08/cierto-muy-cierto.html