lunes, 4 de marzo de 2013

Luchar para vivir, gritar hasta que nos escuchen. Resistir.

Luchar para vivir, gritar hasta que nos escuchen. Resistir.
Por MARUJA TORRES

También podría formularse al revés: vivir es resistir. En general, esto último resulta tan exacto como lo primero. Si la existencia consciente radica en practicar esa lucha contra la inevitable muerte que es construir, creer y amar, la forma de vivir en los peores tiempos por fuerza tiene que concentrarse en resistir a lo que quiere destruirnos. Vegetar en la ignorancia y la pasividad mientras vemos multiplicarse en torno a nosotros la desesperación y el dolor, quedarse en el limbo, es la forma más segura de morir indignamente. Y de no arreglar nada.

A veces imagino mi país de hoy cubierto por una enorme seta. No es un hongo común, lo que nos agobia no es un sombrero ni un paraguas, sino una especie de medusa, viscosa, aplastante. Un monstruo de codicia que engorda con nuestras pérdidas y se alimenta de nuestros hijos. Suelta babas y mohos, embadurna nuestras dichas sencillas, socava nuestras pequeñas seguridades, emponzoña nuestros sentimientos. Es difícil amar con el estómago permanentemente revuelto, es difícil tener la fe necesaria cuando, en esta guerra sorda, pero guerra al fin –existe un objetivo, se ha creado la estrategia, cada día somos víctimas de las ocurrencias tácticas del sistema–, nuestra inteligencia se ve diariamente baldeada por toneladas de desinformación y de mentiras. Pero esa seta inmunda, ese toldo con garras que ahora nos impide crecer, no es una fortaleza inexpugnable, una fuerza frente a la cual solo puede darse la rendición incondicional. Podemos, debemos resistir. Hay agujas que, sin misericordia, perforan el caparazón de la medusa. Me resulta imposible no considerar todo un símbolo de la lucha contra lo evitable –aparte de su comprobada eficacia– el movimiento ciudadano que activamente milita contra los desahucios, y que ha conseguido que sintamos que en nuestros corazones continúa habitando, contra todo pronóstico, la esperanza. Incluso las reacciones escandalizadas de los cómplices del ejército de ocupación demuestran que la aguja sigue perforando, y que el agujero se engrandece.

Sí, podemos, afirmaba hace unos días Soledad Gallego Díaz refiriéndose precisamente a la solidaridad activa que ha convertido la batalla contra los desahucios en una pieza fundamental de la resistencia que debemos contribuir a construir. Y es verdad: quizá el único legado importante que vaya a dejarle al mundo Obama es el eslogan de su primera campaña, convertido por otros, en muchos otros lugares del mundo –eso deseo–, en una apremiante necesidad biológica, en un imprescindible mandato de la decencia. Detrás de nosotros se dan demasiados ejemplos de poblaciones que soportaron durante demasiado tiempo el pie y la bota, y no es bueno pertenecer a esa gente que, creyéndose acomodada, desde el sofá de su salón contempla en la tele los documentales que muestran, retrospectivamente, lo que otros hicieron por ese mínimo bienestar del que hemos disfrutado y que ahora se halla en peligro. Ya no, ya no puede ser así.

No he utilizado en este artículo el deplorable símil guerrero porque sí. La tercera gran guerra ha empezado ya, por la utilización sin freno ni castigo de las más mortíferas armas financieras de ahora. Nuestros nazis llevan trajes de marca, y nuestros campos de concentración se llaman desempleo, desahucio y deudas. El deber de resistir y plantar cara debe atravesar la sociedad: políticos, periodistas, funcionarios, enseñantes, profesionales de la medicina, pequeños empresarios, desempleados, jóvenes sin futuro, jubilados prematuros, madres sobrecargadas de pesares, pensionistas, policías, jueces… Añadan ustedes mismos cuantas categorías consideren oportunas.

Maruja Torres