lunes, 22 de febrero de 2010

Caín, José Saramago

"La mayor acusación que se me hizo, fue que hice una lectura literal de la Biblia, en lugar de una lectura simbólica (...) Su literalidad es lo que es: un horror", decía José Saramago tras la presentación de su último libro "Caín", un libro que no dejará indiferente a quien decida leerlo, un libro que, además de entretener al lector, le hará PENSAR con mayúsculas.

Ahí reside el problema de aquellos que critican la obra del premio Nobel portugués. Porque la defensa de la fe llevada hasta sus últimas consecuencias no admite ni la reflexión ni el examen cuidadoso de aquello de lo que queremos formar un dictamen. La religión, y en concreto la Iglesia, no admite crítica ni cuestionamiento a sus planteamientos, pero sí se permite criticar y cuestionar, ungido con la mayor de las autoridades morales, todo aquello que se salga del camino establecido por los mismos. ¿Qué clase de justicia existe en un Dios que castiga a un pueblo indiscriminadamente por los actos cometidos por algunos de sus miembros; qué clase de Dios es aquel que necesita poner a prueba la fe del hombre arrebatándole todo aquello que tiene o pidiéndole que sacrifique a su propio hijo; qué clase de Dios es ese que recluta creyentes bajo la premisa del miedo, ese Dios vengativo que cuentan que decía "amaros los unos a los otros como yo os ha amado"? Amado, no amo, ni amé: "amado".

Plantearse todas estas cuestiones nos convierte, para muchos, en seres condenados que no tienen valores ni moral. No creer en ese Dios que "para enaltecer a Abel, desprecia a Caín" nos convierte en aspirantes descartados a aprobar la oposición del Cielo prometido. Me pregunto a dónde irán aquellos que no creen en ese Dios, sino en otro, aquellos que defienden otros valores o tienen otras creencias religiosas, qué será de quienes pensamos que Dios es pura energía presente en todos nosotros, creados a su imagen y semejanza, con lo bueno y lo malo, con distintos sentimientos y pensamientos, con nuestras imperfecciones, pero libres.

Viene a decir El Dios de los cristianos no es ese Jehová. Es más, los católicos no leen el Antiguo Testamento, me resulta difícil comprender cómo el pueblo judío ha hecho del Antiguo Testamento su libro sagrado. Eso es un chorro de absurdos que un hombre solo sería incapaz de inventar. Fueron necesarias generaciones y generaciones para producir ese engendro".

José Saramago no considera este libro su particular y definitivo ajuste de cuentas con Dios -"las cuentas con Dios no son definitivas", dice-, pero sí con los hombres que lo inventaron. "Dios, el demonio, el bien, el mal, todo eso está en nuestra cabeza, no en el cielo o en el infierno, que también inventamos. No nos damos cuenta de que, habiendo inventado a Dios, inmediatamente nos esclavizamos a él", explica el autor. Niega que la cercanía de la muerte, hace ahora un año debido a su enfermedad, le hiciera pensar más en Dios.

"Tengo asumido que Dios no existe, por tanto no tuve que llamarlo en la gravísima situación en que me encontraba. Y si lo llamara, si de pronto él apareciera, ¿qué tendría que decirle o pedirle, que me prolongase la vida?".
Y continúa Saramago: "Moriremos cuando tengamos que morir. A mí me salvaron los médicos, me salvó Pilar (su esposa y traductora), me salvó el excelente corazón que tengo, a pesar de la edad. Lo demás es literatura, y de la peor".

En definitiva personalmente recomiendo el libro, es facil de leer, ameno y te hace pensar y cuestionarte, aunque hay pasajes que el mismo J. Saramago, confiesa que fueron fruto de su imaginación, pero aun así suenan mucho mas creíbles que la propia escritura original.



Max ;).
Pd: Saludos Mabay... (Ojo no lo leas...)